El crecimiento urbano es, en muchas ciudades, una señal de dinamismo y progreso. Sin embargo, cuando ese crecimiento ocurre sin una planificación integral, las consecuencias aparecen rápidamente: congestionamiento, infraestructura insuficiente y barrios que nacen antes de que existan las calles y los servicios necesarios para sostenerlos. Lo que hoy ocurre en Yerba Buena, en torno a la apertura y consolidación de la avenida Fanzolato, vuelve a poner en el centro del debate la importancia del planeamiento urbano.

La posible conexión de esta arteria con el Camino del Perú (ruta provincial 315) aparece como una alternativa para aliviar el tránsito de una zona que desde hace años se encuentra saturada. La idea, en principio, es lógica: abrir nuevas vías de circulación para distribuir mejor el flujo de vehículos y evitar que todo el tránsito dependa de un único corredor. Sin embargo, la discusión no debería limitarse únicamente a abrir calles o pavimentar tramos pendientes. El verdadero desafío es pensar cómo crecer como ciudad.

La experiencia demuestra que las calles no son simples líneas trazadas en un plano. Cada nueva arteria tiene un impacto profundo en la vida urbana. El caso de la Fanzolato se plantea como una solución para descomprimir el Camino del Perú, pero también plantea interrogantes inevitables: ¿qué ocurrirá cuando la zona norte de Yerba Buena termine de urbanizarse? ¿Alcanzará con una calle de doble mano? ¿Se está pensando en el tránsito que generarán los futuros barrios, escuelas, comercios y centros de servicios?

En los últimos años, el crecimiento urbano del piedemonte tucumano ha sido vertiginoso. Grandes extensiones de terrenos vacantes comenzaron a transformarse en barrios privados y urbanizaciones de diversa escala. Esa expansión, que también involucra a ciudades vecinas como San Miguel de Tucumán y Tafí Viejo, genera una dinámica metropolitana que muchas veces supera las capacidades de planificación. Allí aparece uno de los problemas centrales: la falta de una mirada metropolitana. Miles de personas viven en una ciudad, trabajan en otra, estudian o realizan sus actividades cotidianas en una tercera. Sin embargo, las decisiones sobre infraestructura, transporte y planificación urbana siguen fragmentadas entre distintas jurisdicciones. El resultado es un sistema vial que funciona a parche. Planificar una ciudad implica mucho más que dibujar calles. Significa prever drenajes, iluminación, transporte público, espacios verdes y servicios básicos. En una zona como el piedemonte tucumano, además, el sistema de desagües pluviales es un aspecto crítico que no puede quedar relegado. Las lluvias intensas y los escurrimientos de agua hacen que cada nueva urbanización deba integrarse cuidadosamente a la infraestructura existente.

El avance de la Fanzolato debe servir como advertencia: las ciudades no pueden seguir creciendo al ritmo de la improvisación. Cuando el Estado llega tarde, la planificación queda en manos de la urgencia o de la iniciativa privada.